La poesía empieza donde la palabra pierde el sentido

esta mano que se aferra

una mano se aferra a mi garganta
y me abandona en un cuerpo
desprovisto de melodía

el miedo se esconde cobarde
en lo más recóndito de mis entrañas

la noche explota
y hecha añicos
se me clava en la retina

un ritmo seco y monótono
se adueña de todo

busco en la cárcel de las tumbas
enjambres polvorientos
sobre lechos de papel pintado

y me tumbo
esperando
a que alguien prenda la llama

¿despertará el miedo en el fuego?

no

otro limbo de corcho
lo anegará todo

otro abismo impreciso
me dejará sin brazos y sin piernas

y la misma mano de siempre
empezará a acariciarme el cuello
con la dulzura del primer amante

En el silencio angosto

En el silencio angosto
nos mirábamos temblorosos
esperando un signo
y no hundirnos para siempre
en la nada

soñábamos con el olor a tierra húmeda
en los bosques

aunque ya notábamos la gangrena
no quisimos romper el velo de la noche
con el llanto

el hollín se nos fue comiendo el cuerpo
en una ausencia absoluta de fuego

no quisimos salvarnos

venid enlutados
a contemplar las tenues cenizas
en la tierra mojada

llegó la lluvia

pero ya no estábamos para verlo


la herida

mi herida tiene
la forma de la mano que la causa

y la hondura
de un grito en las tinieblas

mi tumba tiene
la extensión de su cama







Un clamor

Un clamor de máquinas
lo anega todo

enmudece
embarrada
la ciudad de mi juventud

hacemos las maletas
y cabizbajos
marchamos al exilio

cada vez más pobres
cada vez más lejos

hoy
volvemos a los caminos
y mañana
volveremos a no ser
dueños de nuestra tierra

así hizo mi madre
así hizo mi abuela