La poesía empieza donde la palabra pierde el sentido

nadie

canto a los invisibles
a los que no ves 
a los que no oyes
a los que no sientes

canto a aquellos que pueblan la ciudad
a esos espíritus errantes
que se arrastran sin cesar
a tu alrededor

a ese andar lento que no oyes
en el piso de arriba
encadenado a la soledad

a esos cartones que se mueven 
en el cajero maloliente 
esas largas noches de invierno

a esos carros de chatarra
casi humanos
que deambulan
metálicos
por las calles

a esas extremidades
apenas manos
que doblan sus rodillas
haciendo con sus dedos
borrosos
un cuenco anhelante

a esas lenguas
que te sirven
en el restaurante
sin ojos
ni saliba

a esos espíritus
sometidos
humillados
doblegados

cuándo desaparecieron
desde cuándo
son sombras furtivas
postradas
en este ocaso perpetuo

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